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Viviendo a base de pedaladas

Vamos a aclarar que siempre fui malo. Mejor dicho, fui, soy y seré malo, en lo que a habilidades deportivas se refiere.

En todo lo que tenga involucrado un balón, mi destreza es muy limitada. En todo lo que tenga que ver con velocidad, soy el más lento de la clase. Y también quiero aclarar que no siempre fui fanático de ellos. Por el contrario, más de una vez llegué a odiarlo profundamente. Y hoy lo amo con mi alma.

…Mis padres fueron los responsables de mis primera incursiones deportivas: ellos fueron los que me obligaron -literalmente- a asistir a mis primeros entrenamientos de rugby en el Tucumán Rugby Club, cuando apenas tenía 6 años y mi división se llamaba pre-rugby y mis compañeros eran en su mayoría compañeros de colegio, y sobretodo, aún no había asomo de ninguna diabetes ni nada parecido a eso. 

Y con la bici pasaba lo mismo: luego de mi primera comunión, había recibido de mi abuela Cuca una Fiorenza bici-cross roja (la que les hablé más arriba), y de verdad creanme que no me bajaba de ella ni para ir a clases: Iba y volvía del Colegio San Patricio, todos los días, luego llegaba a casa, tomaba la chocolatada y volvía a salir a rodar (sobre todo en primavera, cuando el clima es más benigno en una provincia que tiene una media anual de 30 grados). Esa bici roja es, para mí, mi primer bici: es la que tengo más fresca en mi memoria y la que considero como tal. 

Pero, a todo esto, yo sabía que en mi colegio San Patricio había un grupo de ex-alumnos que se juntaban los sábado a jugar en “cancha grande”, pero yo no iba: vergüenza o pereza, no lo tengo muy claro: la cuestión es que no iba. Cuando mi mujer se enteró de esto, recuerdo me decía “¿pero porqué no vas?¿sabes que te vas a divertir, no?” (esas dos preguntas me las sigue diciendo hasta el día de hoy, cuando hay planes con mis amigos y no estoy con muchas ganas de asistir) insistió tanto que finalmente, un sábado, que no recuerdo el día ni el mes pero que si fue en el año 2005, fui. No recuerdo bien la fecha, pero si recuerdo mi sensación al finalizar el partido: había encontrado mi lugar en el mundo. Había encontrado gente (hoy amigos) que fluía al mismo ritmo que yo podría fluir.

Beneficios del deportes en pacientes diabéticos, en diálisis y trasplantados.

Cuando me hicieron la tercera intervención quirúrgica, una obstrucción intestinal producto de la cicatrización de las heridas de la cirugía de ambos trasplantes, estábamos con mucho miedo. No sabíamos cómo iba a responder mi cuerpo luego de haber pasado sólo 18 días desde ese trasplante y de haber bajado 16 kilos. Mi mujer tenía miedo, mis viejos igual, y a decir verdad yo pensé que no iba a contar el cuento: pero el cirujano que me operó esa vez (y también el responsable de la operación del páncreas) fue claro: “Carlos está fuerte y va a estar bien”…

Y sí, fui malo pero soy agradecido con el deporte. Todos ellos, y El como un conjunto, me ayudaron en los momentos más difíciles de mi enfermedad, en los momentos más duros de mi vida, el deporte estuvo ahí para aclararme la mente y para permitirme alargar un poco más la sensación de bienestar. Estuvo en la diabetes, con la bici obligada y las vueltas caminando del rugby. Estuvo en la pre-diálisis, cuando luchábamos, junto con mi mujer, por mantenerme ese riñón funcionando y la diálisis lo más lejana posible, y a base de pedaladas pudimos hacerlo, y estuvo en el trasplante cuando soporte 5 operaciones en 40 días, no sólo por mi condición física, sino también porque fue compañía en tantas horas de soledad que puede dar un hospital madrileño.

«Sobreviviendo a base de pedaladas»

Puedes leer la historia completa de mi vida como diabético en medium.com